domingo, junio 05, 2005

Circo Moribundo


Para Rino el circo ya no era su vida, no parecía su vida, mudarse de ciudad cada mes le parecía un acto brutal. Buscaba nueva magia que hiciera latir su cuerpo, se solicitaba exigentemente desde aquel día desconocer la acrobacia, el trampolín, los malabares y la contorsión.
Su circo se llenó de angustia y abandono, hedía a aserrín con excremento de animal, tenían publico solamente por el numero de muertes y hechos caóticos que les sucedían, la gente sabía que la carpa se les quemaba por lo menos 18 veces al año, se les escapaban animales y tenían que salir a buscarlos y desfilar con ellos por la calle, se les perdían conejos y una vez atropellaron a uno de sus changos asiáticos, incluso se les iba la luz en cada función y tenían que terminarla a oscuras. Siempre había funciones, aunque no hubiera publico, ellos inventaban el publico, ellos eran su publico. Cuando llegaron a esta ciudad, unos cholos entraron en la primera función y empezaron a golpear a unos enanos calvos que bailaban con las manos. Entonces, la gente prefirió ir al circo en vez de la lucha libre. Apenas hace una semana dos leones se tragaron al domador y un escapista se ahogó dentro de una alberca de aguas negras.
Ayer se suicidó el hermano de Rino: Doroteo, este le prometió, frente a las jirafas, que intencionalmente perdería el equilibrio en la cuerda floja, le pidió que no le dijera a nadie, quería morir de una manera increíble frente a un publico monumental y apretado , y así fue, su muerte fue asombrosa, un espectáculo único pero predecible. La gente creyó que la sangre derramada era parte de su presentación, el maestro de ceremonias no supo como reaccionar, anunció a los payasos africanos y estos sacaron de la pista central a Doroteo de una manera muy cómica, a la gente se le olvidó su sorpresa y aplaudieron la llegada de Rino junto con los elefantes saltarines. No sé como pudo terminar el acto entre lagrimas, mocos y el cuerpo desdoblado. El día del funeral de Doroteo, le pidieron a Rino, fuera el domador en las siguientes funciones, le atrajo la oferta, porque así podría debutar y despedirse de un solo tirón del circo, dejar que los leones le devoraran de un bocado la cabeza, al cabo ya la muerte le cosquilleaba las narices y le enchinaba el pecho, los síntomas del sida ya eran evidencia, no pudo evadirlos más, prefería morir en la boca de unos leones, que lo fueran a ver con rechazo y señalaran su debilidad.
Doroteo se suicidó porque ya no pudo con la enfermedad de Rino, eran hermanos gemelos y ambos sentían los síntomas y sentimientos del otro, si uno enfermaba el otro también, eran tan compatibles que peleaban cada segundo y se adivinaban las palabras, eran uno solo, pero su muerte, ese día no les llegó por igual. Rino ahora está muy bajo de peso y cada vez la fatiga le impide abrir los ojos, casi no puede caminar y tiene miedo a dormirse y ya no poder despertar, la fiebre le viene cada cuatro horas y cuando empieza a sudar se baña con el agua que le dan a los elefantes saltarines, dice que tiene una temperatura agradable; nunca se le ve contento, sus células se le están acabando, es como si se le desprendiera cada día una parte de su cuerpo, parece un algodón de azúcar que nadie quiere comerse, frágil, hueco, sin sabor ni color. Cuando respira deja que sus pulmones registren cada bocanada, entonces le pone color al aire, y grita desenfrenado, corriendo, esquivando las piedras, charcos y hoyos del camino. El día del funeral, escogió lentamente la ropa que le pondría a Doroteo, eligió un traje de marinero y antes de ir a la funeraria, arrancó las flores que pudo en el camino, llegó con un montón y las dejó frente a la caja vacía de Doroteo. Minutos después, lo vistió y lo colocó en su caja. La hora del velorio había llegado y nadie estaba en la sala, todos los cirqueros estaban preparándose para la ultima función en esta ciudad. Había un silencio que parecía veneno en su sangre, sólo se escuchaba un corrido norteño en la fiesta de la esquina. Tomó el cuerpo de Doroteo y huyó con él, corrió sigiloso, en su fatiga llegó a un barranco, sabía que quería suicidarse con su hermano, alejarse del circo y sus desilusiones. Sentó a Doroteo frente a él y le improvisó un ultimo número lleno de magia, aparecían de sus dedos hilos llenos de luz, revoloteando por el aire, escurrían de sus manos pájaros pequeños que volaban en espiral, en su vientre nacía una luz roja que circulaba y latia por todo su cuerpo. Al amanecer, aún no se suicidaba, abrió los ojos y se sintió medio ciego, medio paralítico. Empezaba a oler a muerto, como en el circo. Espero al hambre, para que quizá lo matara, de todos modos los leones y el circo ya habían zarpado a otra ciudad.