sábado, septiembre 25, 2004

ya la terminé:

Sabe Amar.

No quise regarla, pero lo hice porque necesitaba adherirme un vicio mas. Las plantas nunca habían sido mi debilidad hasta que a Lucio se lo tragó el mar, a él si le gustaba la jardinería, se pasaba horas y horas hablándole a los girasoles, contando cuidadosamente las mariquitas, hormigas, mariposas y lombrices que nacían y habitaban en su pequeño jardín. Le prometí que cuando muriera yo cuidaría de la maceta con el girasol de 42 pétalos que le regalaron cuando cumplió 51 años, y así lo he hecho. Se que los mejores placeres duran escasos segundos, como un orgasmo o un parpadeo, pero coleccionarlos durante todos estos 65 años me ha ayudado a aligerar el peso de mi espalda, a tener un mejor aliento y menos arrugas, a cerrar la llave de la regadera sin que gotee y cocinar con ajo sin llorar o toser. A Lucio y a mi, nos gustaban las orgías porque aun en la oscuridad, pensando en que penetrábamos a otro ajeno, terminábamos por venirnos siempre en nuestros orificios. Él fue mi primer y único novio, con él aprendí a hacer papiroflexia, a cantar notas agudas y a regar las plantas en la madrugada. Al paso de los años veíamos como nuestros amigos gay volvían y cortaban a sus parejas cada vez con tijeras mas filosas y un papel mas delgado. Nosotros no éramos de esos, odiábamos las reconciliaciones y las mudanzas, nos gustaba echar raíces en tierra sin abono y germinar con nuestras propias semillas... a veces suelo ir atrás de la casa a observar el jardín ahora seco, en él nos atrevimos a pensar en un matrimonio y nos aferramos a la idea de tener un hijo con nombre de flor. A menudo nos empezaba hartar la idea de envejecer sin haber sentido en nuestra sangre hirviente el deseo de seguir respirando, no nos dejaba dormir ese vacío en el pecho que sentíamos cuando se iban nuestros sobrinos de nuestra casa o se moría algún animal de nuestro pequeño zoológico hogareño. Definitivamente, un hijo no es lo mismo que un sobrino, una maceta de girasol o un perro chihuahua, nueve gatos, un perico, cuatro hámster, dos tortugas y muchos peces, pero por lo menos evitan la desolación. Cuando Lucio se iba a sus clases de natación, yo, secreta y aisladamente tomaba cualquiera de nuestros animales y lo acariciaba demás, hasta que un día no supe porqué, pero me grité zoofilico mientras hacía un hoyo en el jardín para enterrar el hámster mas grande de los tres que quedaban todavía vivos. Ya tenía varios vicios para ese entonces, pero ninguno tan perverso, precipitante e inconfesable como este. Él nunca se dio cuenta que yo amaba en demasía a los animales, que me gustaba tanto su pelaje suave que gozaba penetrarlos o frotarlos sobre mi abdomen y entrepierna.
Lucio se hundió en Rosarito creyendo que las olas lo devolverían con la marea, que la espuma lo sabría amar mejor que yo...se sumergió tanto en la profundidad del mar que hasta la fecha no lo he encontrado, me han dado ganas de podar sus plantas, cortar las margaritas que tanto me gustan y olerlas, recostarme en el pasto, ver la caída libre de las hojas de los árboles y empezar a coleccionarlas de nuevo. Él se desesperaba conmigo porque yo no contenía el llanto cuando sacaba mis cajas de recuerdos y empapaba kilos de papel. Me gritaba dormido: “Eres una mariquita, ¿Porqué no te vas a dormir con el vecino?”.
Hace una semana, desenterré el hámster del jardín, aun tenia la piel con algo de pelaje a pesar de tantos temblores y sequías bajo tierra, lloré como si estuviera sacando un recuerdo pero muy olvidado, este animal me haría compañía comprensiva y constante, sería el hijo que nunca tuve, la criatura mas tímida y entrañable jamás conocida. El día que lo desenterré, en la madrugada, oí que me susurraba al oído, no dudé un instante en prender la luz del cuarto para ver si era verídico este milagro, y efectivamente me hablaba, movía su boca y sus ojos negros me imploraban que lo llevara a conocer el mar, al lugar donde se encontraba su otro papá. Tomé mi bicicleta y me fui pedaleando hasta Rosarito, no se cuantas horas duré pedaleando pero nos agarró la mañana. Ahí, recostados en la arena, me preguntó si algún día el mar y el cielo juntarían sus bordes, me preguntó hasta su nombre y ante mi asombro le improvisé uno: “te llamas Lucio Margarito”.Y siguió preguntándome: “Papá, el mar sabe a sal? ”y yo contesté: “Si, y también sabe amar mejor que yo” ... hubo un grito inmerso en mis profundidades después de que Lucio Margarito me pidió de favor lo arrojara al mar pues quería encontrar y conocer a su otro papá. Lo arrojé a la ola mas cercana, me despedí de él con un rostro arenoso y vacío, después pedalee llorando y silbando hasta mi casa. Hoy me voy a mudar, ya tomé la decisión de no regarla cada 42 minutos pues se ahoga... Definitivamente, un hijo no es lo mismo que un sobrino, una maceta o un hámster, pero calman por momentos mis ansias inagotables, mi cuerpo en celo e inconforme y mis vicios desordenados.